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Empleados públicos en España

Un empleado público no es un funcionario. Al menos, no lo es en España. Un funcionario es aquella persona que además de aprobar la correspondiente oposición de empleo público dispone de una credencial explícita que le faculta para desarrollar su trabajo en alguna de las Administraciones del Estado tales como Ministerios, Servicios esenciales como las fuerzas de seguridad del estado, justicia, educación y todo lo relativo a la Sanidad, por ejemplo. Así, los funcionarios permiten el correcto funcionamiento de los servicios esenciales del país con independencia del tipo de Gobierno elegido. Al menos esa es la teoría… luego se podría matizar hasta el infinito.

Sin embargo, un empleado público es aquel que trabaja en una empresa de capital estatal y está contratado bajo un régimen distinto al funcionariado generalmente por un convenio colectivo de ese sector de actividad concreto. Su función es velar por los servicios públicos a disposición del ciudadano tales como el transporte, el control marítimo y/o aéreo o alguna consultoría. La misión que se le encomienda es la de velar por el correcto funcionamiento de cada sector de manera eficaz y, al menos, sin interés lucrativo más allá de su propia cuenta de resultados. Éstos entran, generalmente por una oferta de empleo que a veces es pública y otra es restringida o interesada. Determinado personal se jacta de que su contrato como empleado público es “fijo” y siempre hay algún bobo/a que suelta la típica frase “ya no me pueden echar a la calle” cuando firma el contrato.

Bien es cierto que en los pocos años que llevamos de democracia, los funcionarios y los empleados públicos se han incorporado a su puesto de trabajo de numerosas formas, a veces poco claras y muchas otras sin publicidad amparadas por el régimen político de turno. Por ello se han dado casos “puntuales” que trabajadores le echan mucha cara en su trabajo y ofrecen una imagen que deteriora el buen hacer del empleado público y funcionario. Y a eso, el ciudadano le quema cuando ese tipo de personas no le atiende bien o le deja colgado en la ventanilla de turno después de esperar la típica cola.

Así, todo este grupo se ha convertido en carne de cultivo sobre el que atacar, bien porque hay numerosos trabajadores en determinado lugar o porque la fama que se ha cultivado es nefasta. Aquí todos tienen culpa, pero también hay que añadir que cualquiera que pueda desea entrar como funcionario o empleado público.

Lo que debería quedarle claro a aquellos que critican a los funcionarios y empleados públicos es que sin ellos, el Estado no funciona; no funciona la sanidad, no funciona la educación, el ferrocarril, el control aéreo, la seguridad y sobre todo la justicia.

Por ello, considero que debe pensarse muy mucho donde recortar personal público o privatizar determinados servicios públicos no vaya a ser que les vaya la mano y luego sea tarde. Véase el caso del Reino Unido en la época de la Sra. Tatcher.

Quizás lo que se deba analizar es porqué hay tantos Presidentes, directores generales, directores, gerentes y jefes para tan poco personal laboral y operativo.

No nos volvamos locos que todos somos necesarios en España. Lo que no hay es actividad que desarrollar y sobran ideólogos y amigotes.

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